¿DÓNDE ESTÁN LOS VALORES?

Redwood forest¿Qué pasó con ellos? Aquellas palabras honorables: respeto, compañerismo, altruismo, sinceridad, empatía, compasión… parece que ya no están de moda. Parece que quien las pronuncie podría considerarse débil, tonto, iluso quizás. Y nada más lejos: hay que tener mucho valor y mucha fuerza para enarbolar esas banderas. No se llevan, parece que no quedan bien en este mundo de tipos duros y aparentemente listos.

¿Pueden convertirse en una moda los pilares, los cimientos del ser humano? Aquello que llama a la evolución parece desintegrarse en los últimos tiempos o quizás, como dicen los más optimistas, es que está saliendo a la luz lo peor y más oscuro en aras de una limpieza general que se avecina. Si es así que venga ya y, mientras, hagamos algo cada día para cultivar esas palabras antiguas y sanas a nuestro alrededor, sobretodo con los más jóvenes.

Pero primero habría que pararse a escuchar qué intereses tienen, de qué hablan, qué necesitan, qué echan de menos. Mirarles a los ojos y abrir las orejas. Tenemos una educación en las escuelas que parece basada en el dolor y el sacrificio, eso tan cristiano, que tanto nos han inculcado y tanto daño nos ha hecho. Unos profesores infelices, exhaustos, poco valorados y que no aman enseñar o no pueden amar la enseñanza porque apenas les queda aliento para superar la semana.

El placer de aprender se olvida, como una especie en peligro de extinción, y entonces sólo quedan la PlayStation, el móvil, el ordenador con sus vídeos de todo tipo, alimentos pasivos creados por el productor de turno. Los padres, demasiado ocupados en sus trabajos y en producir dinero para comprar nuevos videojuegos a sus hijos, no se dan cuenta de que los muchachos crecen y pueden acabar confundiendo a una chica que salió una noche y bebió unas copas, con un trozo de carne de película porno para consumir.

En esas pantallas aparece el mundo entero con sólo tocar un botón, mucho de bueno y mucho de malo. No podemos ir en contra de la tecnología ni de los nuevos hábitos recreativos, pero podemos acercarnos a mirar qué consumen nuestros jóvenes y podemos preguntarles desde el interés por su mundo y por compartir. Ellos también pueden enseñarnos muchas cosas, sobretodo, ponernos al día. El acceso a la información y el poder compartirla es una de las maravillas de nuestra época, pero hay que saber usarla.

Tod@s y cada un@ de nosotr@s debería comprometerse a mirar cada día, al menos unos minutos, alrededor y escuchar a nuestr@s jóvenes, abrir canales de comunicación, que no seamos “el otro” sino “el que tiene experiencia”, que se puedan acercar con sus inquietudes y podamos apoyarles con una mirada sana. Eso implica la inexcusable obligación de mirarnos el ombligo y preguntarnos dónde están esas palabras honorables dentro de nosotr@s: respeto, compañerismo, altruismo, sinceridad, empatía, compasión… Si sobrevivieron a tantos embates de la vida, qué lugar les damos ahora, si están presentes y, si no lo están, empezar a construir los cimientos de nuevo, tan necesarios para nuestra propia evolución. Tenemos la responsabilidad de irradiar, ser ejemplo. No hay más remedio, esta sociedad lo necesita. Que cada injusticia que se comete, sea el motor para preguntarnos qué hemos hecho hoy para contribuir al restablecimiento de valores a nuestro alrededor. Aprovechemos, como mujeres maduras,  esta energía de la sangre retenida que nos brinda la menopausia para revisarnos, revisar, escucharnos, escuchar, apoyarnos, apoyar y cultivar esas palabras antiguas en nosotras y en nuestros jóvenes.

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